Dos padres intentando aprender

La parentalidad, entendida como el ejercicio de la paternidad y la maternidad, ha constituido tradicionalmente un proceso de aprendizaje y adaptación en el que los padres y madres se ajustan progresivamente a la llegada de un nuevo miembro a la familia, con todas las implicaciones cognitivas y emocionales que ello puede conllevar.

Actualmente, y dado que vivimos en la era de la información, existen infinitas fuentes de conocimiento sobre diversos estilos de crianza disponibles, de forma que los padres, lejos de sentirse tranquilizados, a menudo perciben una sobrecarga de datos y una enorme confusión con respecto a qué es más adecuado a la hora de cuidar de un hijo.

Además, la presión de la sociedad ha llegado a tal nivel que muchos padres y madres se sienten “exigidos”, aun cuando sus conocimientos sobre cómo criar a un hijo están en fase de desarrollo.

Esta exigencia puede ser fácilmente depositada en los hijos, de manera que se lleve a un intento de suplir las carencias que los progenitores hayan podido percibir sobre sí mismos y compensarlas con un exceso de actividades o formación (por ejemplo, niños que cursan varias actividades extraescolares semanalmente, cumpliendo con la proyección de futuro que sus padres han situado sobre ellos y terminando la semana profundamente agotados tanto física como mentalmente).

Educar es una actividad que va más allá de la mera instauración de actividades y normas de convivencia, ya que consiste en transmitir unos valores y unos conocimientos que, a su vez, retroalimentan el vínculo del sistema familiar.

Por esta razón, el hecho de proporcionar una educación óptima es otra de las grandes preocupaciones (a menudo, incluso un estresor) de los padres y madres de la actualidad.

Entonces, ¿tenemos que saber ser padres?

Esta pregunta se puede responder fácilmente con otra: ¿se le puede pedir a un recién nacido que camine?

Si tomamos en consideración el primer párrafo de este artículo, cuando hablamos de parentalidad nos referimos a un proceso de aprendizaje y adaptación, de manera que nos ajustamos a la llegada de nuestros hijos al mundo y, todavía más importante, a nuestras vidas.Una madre a punto de tener a su hijo o hija

Especialmente cuando nos convertimos en padres por primera vez, nuestra experiencia se abre a un mundo nuevo por descubrir, por lo que resulta bastante improbable que nos manejemos con total soltura desde el primer momento.

Por tanto, podemos concluir que no tenemos que saber ser padres (desde el inicio), pero sí podemos aprender a serlo, sin entender la paternidad o la maternidad como algo genérico sino como una acomodación simbiótica entre nuestras características y a las de nuestro/s hijo/s.

¿Cuáles son las herramientas básicas para comenzar?

Sin olvidar lo mencionado en el apartado anterior, y teniendo en cuenta que se producirá un acople progresivo entre nosotros y nuestro/s hijo/s, hay una serie de “utensilios” educativos básicos que podemos aplicar para establecer una crianza positiva y adecuada:

  • Comunicación (positiva): los vínculos sociales se refuerzan, entre otras cuestiones, cuando existe un patrón de comunicación adecuado entre emisores y receptores de mensajes.

Los padres y madres pueden trasmitir diferentes instrucciones, órdenes o peticiones de diversas formas, pero cuanto más claro y sencillo sea el mensaje, así como coherente y consistente en el tiempo, mayor probabilidad de llegar a un entendimiento entre las partes y a una consecución de objetivos.

Es fundamental evitar la comunicación “a gritos”, ya que no favorece el contacto, sino que contribuye a crear distancia entre los hijos y los progenitores.

 

  • Apoyo emocional: la validación y el apoyo emocional son necesarios para garantizar un adecuado desarrollo socioafectivo del niño, de manera que es importante tratar de comprender el sufrimiento del menor aun cuando para un adulto podría resultar una minucia.

Debemos situarnos en la perspectiva y mente de una persona cuyo desarrollo cognitivo y emocional acaba de comenzar y se enfrenta a diferentes circunstancias por primera vez, por lo que sus recursos para afrontarlas distan mucho de parecerse a los que formarían parte de un repertorio adulto.

 

  • Interacción y actividades: por encima de cualquier aspecto material, los niños y niñas valoran intensamente el tiempo que sus padres y madres dedican a pasar junto a ellos.

Por tanto, es imprescindible que los progenitores se interesen por los gustos y aficiones de los menores y acompañen sus progresos sociales y comportamentales con refuerzos positivos como su propia compañía, puesto que para un niño hay pocas cosas tan importantes como sentirse querido y atendido por sus padres.

Un padre observando a su hija

  • Normas: no hay que confundir educación positiva con educación permisiva. Las normas son un requisito indispensable para garantizar un adecuado crecimiento del menor, pero hay que tener especial cuidado al elaborarlas, ya que no deben pecar de laxas ni de excesivamente rígidas.

A la hora de establecerlas, se recomienda haber explorado adecuadamente conductas apropiadas y mejorables del menor, de forma que se llegue a pautas de refuerzo y castigo óptimas para cada caso.

En este nivel, en ocasiones se puede requerir el apoyo de un psicólogo si aparecen dificultades comportamentales especialmente destacables y con las que los padres no han encontrado la mejor forma de actuar.

 

  • Fomento de autonomía: somos conscientes, como adultos, de nuestra capacidad superior (sólo por una mayor experiencia y práctica) para resolver la mayor parte de conflictos o dificultades a los que se enfrentan nuestros hijos.

Sin embargo, debemos entrenar paulatinamente la habilidad de facilitar que ellos puedan (aunque requiera un esfuerzo notable) aprender a realizar diversas actividades con nuestra ayuda y, poco a poco, también sin ella.

Sólo así contribuiremos al desarrollo de una capacidad de autonomía e independencia comportamental en nuestros hijos, aunque siempre tendremos que dejar claro que pueden contar con nosotros si no cuentan con suficientes recursos en una determinada situación.