¿Cómo estar bien sin esfuerzo? 1

¿Cuántas veces has acudido a la consulta del médico buscando una pastillita que te aliviara el malestar rápidamente? Seguro que habrás experimentado impaciencia al tomar antibióticos y seguir encontrándote mal durante varios días. Y seguro que, aunque tu doctor/a te advirtió que no abandonaras el tratamiento prescrito antes de tiempo porque eso haría que desarrollaras tolerancia a ellos en el futuro, lo hiciste en cuanto te sentiste mejor.

El modelo médico nos ha malacostumbrado a buscar un remedio que nos haga sentir bien de forma inmediata. En lugar de hacer algo para sentirnos mejor, aguantamos hasta que no podemos más y después esperamos que nos den una solución. Nos ha convertido en seres pasivos e impacientes, con unas expectativas nada realistas.

El primer golpe de realidad sucede en las primeras sesiones, cuando muchas personas solicitan esa panacea, esa consigna psicológica que les libre de todos sus problemas mágicamente. Porque sí, eso sería magia. La terapia psicológica implica generar cambios, es decir, convertirnos en seres activos, justo todo lo contrario a lo que estamos acostumbrados, y que requiere más tiempo y esfuerzo.

Ah, pero, ¿entonces tengo que hacerme cargo de cómo estoy?

A esto lo llamamos locus de control, es decir, quien o qué creemos que tiene el control de nuestra vida, es decir, a quién hacemos responsable de nuestras decisiones o de cómo nos encontramos. Este es un choque de realidad muy brusco, porque lo primero con lo que te vas a encontrar cuando acudas a consulta es que te vas a tener que hacer responsable de ti. Esto puede resultar novedoso e incómodo. Hasta ahora el locus de control era externo, es decir, “tú, me prescribes una receta, tú eres el responsable de que mejore.” En psicología, el locus de control debe ser interno, “yo debo hacer algo para mejorar”. Este paso es imprescindible para que podamos trabajar de forma conjunta.

Un proceso psicológico va a tener altibajos: las dudas antes de acudir; la tensión y el nerviosismo durante la primera sesión; el alivio al poder expresarte, sentirte escuchado y comprendido; la vergüenza y el miedo a que te juzguen; la tranquilidad de saber, por fin, qué te ocurre; la esperanza e ilusión (a veces incredulidad) de saber que estarás mejor; el asombro al empezar a cambiar; la satisfacción de encontrarte mejor…

Y es en este momento, que parece que todo está bien, aunque estamos en un primer estadio aún, cuando se producen la mayoría de los abandonos en la terapia. Es el equivalente a cuando los antibióticos comienzan a hacer efecto: solo has empezado a notar la mejoría de los síntomas. No te confíes.

El segundo golpe de realidad tiene lugar en estas sesiones. Te planteas (o lo haces directamente) darte el alta de forma voluntaria: “¡Pero si ya estoy bien!”.

En Dopsi, te informamos desde la primera sesión de que la terapia requiere esfuerzo, puede que no sea ni rápido, ni cómodo ni sencillo, pero os acompañamos y guiamos en cada paso del camino, pues conocemos las dificultades que se van a presentar. Es por ello que os las hacemos saber, aunque, por supuesto, la decisión de seguir las recomendaciones o no, siempre es vuestra.

Así que sí, cuando se produce finalmente el alta, nos dais las gracias y os decimos que el mérito es vuestro, es porque es la realidad. Y las personas que habéis pasado por aquí lo sabéis.