A menudo, tendemos a pensar que la mayoría de conflictos que se dan en el entorno familiar son necesariamente entre adultos y niños o adolescentes.

Hemos visto ya en anteriores artículos cómo la familia es un sistema en el que se generan vínculos sólidos y de cariño en la mayoría de ocasiones, pero también es un foco de hostilidades dado que los diferentes miembros de la familia conocen bien las fortalezas y vulnerabilidades de los otros.

Con frecuencia, son los adultos los que observan problemas de conducta o emocionales en sus hijos que tratan de resolver y, en más de una ocasión, esta resolución pasa necesariamente por la aceptación de ciertas dificultades comunicativas o de interacción que vienen dadas desde arriba, esto es, desde los propios progenitores.

Se entiende que la capacidad de comunicación que las personas hemos desarrollado es un facilitador a la hora de resolver conflictos entre personas, incluso cuando hablamos de rangos de edad distintos, como ocurre entre padres e hijos.

De igual modo, es fácil imaginar que el desarrollo madurativo de niños y adolescentes va a facilitar que algunas dificultades que puedan surgir en la convivencia en dirección horizontal (entre hermanos) o vertical (de padres a hijos, o a la inversa) se resuelvan de manera más eficiente con el paso del tiempo.

Sin embargo, los conflictos entre familiares adultos también se dan, y no con poca frecuencia. Saliendo del ámbito estrictamente romántico que nos llevaría a otros artículos sobre las relaciones de pareja, no es extraño que hermanos u otros familiares adultos entren en discrepancias de las que no saben muy bien cómo salir o cómo gestionar por motivos que pueden ser tan diversos como: políticos, económicos, relacionales con respecto a otros familiares, relativos a acciones concretas pasadas o presentes, etc.

Ante esta tesitura, y al contrario que ocurre con niños y adolescentes, suele pasar que las personas adultas miren hacia otro lado y den por hecho que la conflictividad puede ir asociada a una mera cuestión de personalidad y de las propias diferencias entre dos o más personas.

Pero, si tenemos la capacidad y las habilidades para resolver problemas en nuestro día a día, ¿Por qué no íbamos a afrontar un problema determinado con un familiar cercano con el que existe un vínculo de amor fuerte?

¿Cómo abordamos la terapia familiar entre adultos?

La terapia familiar es un proceso terapéutico que trata de incluir a todos los miembros de un sistema familiar concreto, o bien a todos aquellos que pueden verse bajo el prisma de un mismo conflicto o situación problemática determinada.

En el caso de los adultos, la principal dificultad suele residir en la identificación y aceptación de un problema determinado que debe abordarse con ayuda externa (puesto que de forma autónoma no se ha resuelto) con respecto a un familiar como, por ejemplo, un hermano.

Generalmente, estas dificultades no nacen “de la nada”, sino que existe una base anterior que puede tener un origen en la época infantil o adolescente, en la que ya podía existir una cierta dificultad interactiva o comunicativa previa (como la presencia de celos o de cierta rivalidad entre hermanos) que, sin embargo, se ha endurecido con el paso de los años.

Este “endurecimiento”, generalmente, también puede encontrar una explicación bastante sencilla en que, o bien la familia o bien los propios miembros con una dificultad específica no han sabido, podido o querido buscar o dar con formas alternativas de convivencia a las ya existentes.

Por tanto, si partimos de la dificultad de identificar el problema, ¿Cómo es posible que haya familiares adultos que lleguen a este punto?

Los seres humanos estamos en constante cambio y evolución. A veces, basta con que uno de los miembros que forma parte de un conflicto dado haya modificado parte de su funcionamiento cotidiano como para darse cuenta de que hay relaciones con su entorno que no son todo lo adecuadas que podrían ser.

Con más frecuencia de la que podríamos imaginar, a este pensamiento conclusivo no sólo llega una de las partes, sino que, en una conversación un poco más tranquila y distendida, dos o tres hermanos pueden llegar a la conclusión de que pueden hacer algo para mejorar su relación fraternal.

Es en este punto en el que el psicólogo comienza a trabajar con la historia de los miembros de la familia que buscan el soporte terapéutico y trata de facilitar nuevas herramientas para mejorar la comunicación y la interacción entre las partes, dotando a su vez a cada una de ellas de capacidad para desarrollar una mayor confianza en los otros y, de este modo, generar una retroalimentación positiva que repercute notablemente en el funcionamiento global de la familia al completo.