Un niño con TDAH que no puede centrarse en los deberes.

El déficit de atención e hiperactividad (TDAH) se conoce comúnmente como un trastorno que suele diagnosticarse en la infancia y que puede persistir hasta la edad adulta, debido a la naturaleza neuroquímica y neuroanatómica que lo caracterizan.

Esta naturaleza se caracteriza porque existen diferencias en las redes que favorecen la conexión entre diferentes partes del cerebro, así como también se encuentran diferencias en el modo de actuación de los neuroquímicos cerebrales cuando participan en dicha comunicación.

Sin embargo, pese a que los componentes neuroanatómicos y neuroquímicos puedan funcionar de forma diferente, estas diferencias no implican un mayor o menor nivel de inteligencia. Es decir, las personas con TDAH no tienen por qué ver afectado su rendimiento intelectual por la presencia del mismo.

¿Cómo afectan estas diferencias al funcionamiento de la persona con TDAH?

Las personas con TDAH se caracterizan porque su funcionamiento ejecutivo (esto es, las habilidades que nos permiten focalizar la atención, concentrarnos, organizarnos y usar la memoria de trabajo, entre otras) se encuentra un tanto limitado, debido a que presentan un bajo nivel de atención, un muy alto nivel de actividad y, a menudo, también un alto nivel de impulsividad.

Es probable encontrar déficit de atención sin hiperactividad e hiperactividad sin déficit de atención, aunque, en la mayor parte de ocasiones, aparecen como aspectos conjuntos.

De hecho, existen estudios que muestran que un mayor número de niñas padece déficit de atención (sin hiperactividad) y un mayor número de niños, hiperactividad (sin déficit de atención).

Sin embargo, por cada cuatro niños con déficit de atención e hiperactividad, sólo se diagnostica una niña, afectando por tanto a cuatro veces más varones que mujeres en edad infantil.

Debido a la ya mencionada alteración en las funciones ejecutivas, a las personas con TDAH les cuesta focalizar la atención en una tarea u objeto concreto, y también les resulta complicado cambiar el foco de atención.

Por esta razón, cuando un niño con TDAH encuentra dificultades para realizar sus tareas, debemos entender que hay una diferencia entre querer/no querer hacerlas (voluntad) y el sobreesfuerzo que supone centrarse a pleno rendimiento para completarlas.

Aun así, es frecuente encontrar en personas con TDAH cierta facilidad de abstracción y de concentración para aquellos aspectos que les resultan agradables o interesantes, algo que pueda estar relacionado con el sistema de refuerzo cerebral en el núcleo accumbens.

El déficit de atención es una característica del TDAH que pasa más desapercibida, no ocurriendo así con la hiperactividad.

La hiperactividad es una característica fácilmente observable en la persona con TDAH. En una clase donde encontramos a niños con esta experiencia, podemos observar que suelen realizar movimientos nerviosos con las manos o los pies, se retuercen en el asiento, se levantan con frecuencia en situaciones en las que “deberían” permanecer sentados, se sienten inquietos, les cuesta implicarse en actividades tranquilas en sus ratos de ocio, experimentan la sensación de estar “en marcha” o “empujados por un motor”, hablan en demasía, etc. Un niño con hiperactividad disfrutando de un juego.

En definitiva, resultan un “torbellino” de energía, que supera la propia actividad esperable en el periodo infantil.

De igual modo les ocurre en la edad adulta, sintiéndose con frecuencia nerviosos o intranquilos, experimentando la sensación de necesitar estar “en movimiento” cuando llevan mucho tiempo parados, realizando movimientos continuos con las manos o los pies, etc.

Y, muy ligada al componente de hiperactividad, encontramos la impulsividad, que se caracteriza por proporcionar contestaciones bruscas antes de que alguien termine de preguntar o hablar, la impaciencia para esperar un turno o la interrupción de la actividad de otros, entre otras características notables.

Ninguna de estas conductas se realiza por voluntad, ni son un intento de sabotaje para padres, compañeros o profesores, sino que suponen un verdadero impedimento en su funcionamiento habitual y las personas con TDAH experimentan a menudo el sufrimiento emocional derivado de la exigencia o de la comparación con otras personas de su misma edad, pero sin esta dificultad para aprender, trabajar o estudiar.

¿Cómo se trata a una persona con TDAH?

El TDAH conoce dos vías de tratamiento principales: la farmacológica y la terapia psicológica.

La primera, siempre prescrita por un médico psiquiatra, se caracteriza por el uso de fármacos psicoestimulantes, que se encargan de reducir el umbral de los sistemas de alerta, llevando a facilitar y agilizar las respuestas cognitivas y mejorando así la función ejecutiva.

Existen tres tipos de fármacos psicoestimulantes en orden creciente de intensidad: las xantinas (cafeína); los no anfetamínicos (como el metilfenidato), fármaco de primera elección en niños con TDAH que necesiten tratamiento farmacológico, debido a que se absorbe y comienza sus efectos rápidamente (a los 20-30 minutos), pero también se elimina con relativa rapidez (3-4 horas) y, por último, los anfetamínicos, fármacos derivados de la anfetamina, con efectos más notables en la función cognitiva, pero también con mayor potencial para el desarrollo de efectos adversos.

En cualquier caso, el psiquiatra que evalúe cada caso debe determinar si la medicación es necesaria para los síntomas que se presentan y, en caso afirmativo, cuál es el tipo de psicoestimulante más recomendable para cada paciente. Una niña con TDAH que ha conseguido superar su problema.

Por otro lado, y no menos importante, la terapia psicológica puede resultar de gran ayuda en las personas con TDAH, no sólo como apoyo en la sintomatología propia del mismo TDAH, sino también para poder manejar otras dificultades psicoafectivas derivadas (problemas familiares, déficit en las relaciones sociales, sentimientos de inferioridad, baja autoestima, etc.)

Como psicólogos y profesionales del ámbito de la salud, resulta fundamental estudiar las características de cada caso con el paciente, así como las principales limitaciones percibidas por el mismo y/o por los que le rodean (en el caso de los niños).

En este último caso, la terapia a través del juego nos ayuda a contactar con el sufrimiento del niño y a poder modificar pautas de conducta de una forma que le resulte fácil de atender (que no entender) y de compartir.

En el caso de los adultos, la exploración de los patrones y las dificultades emocionales y conductuales nos permite establecer toda una serie de pautas con el paciente para poder llegar a un modo de funcionamiento que le resulte adecuado y saludable.

Ante todo, la paciencia va a ser una herramienta clave en este proceso, en el que podemos ver el trabajo con personas con TDAH como el nacimiento y desarrollo de un nuevo árbol de vida.

 

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