La diabetes es una enfermedad física que consiste en un desequilibrio en los niveles de glucosa en sangre (por encima de los valores considerados “normales”) debido a una producción deficiente o inadecuada de esta hormona en el páncreas.

Los niveles altos de glucosa (también llamada “azúcar” en términos populares) en sangre pueden darse puntualmente en cualquier persona, pero la diferencia fundamental con una persona con diagnóstico de diabetes es que esta insuficiencia de insulina (y, en consecuencia, un elevado nivel de glucosa) se da de forma crónica.

A la larga, el exceso de glucosa en sangre puede suponer un problema grave de salud, por lo que exige un control riguroso para evitar riesgos posteriores.

Existen dos tipos fundamentales de diabetes: la diabetes tipo 1 (o infantil) y la diabetes tipo 2 (o adulta). Las características de base son las mismas en ambos tipos de diabetes: hay una deficiencia en los niveles de insulina que se producen, lo cual implica niveles excesivos de glucosa en sangre, pero la diferencia fundamental es la edad de aparición. En el caso de la diabetes tipo 1, la enfermedad suele diagnosticarse en el periodo infanto-juvenil, mientras que la diabetes tipo 2 es un diagnóstico que se da, fundamentalmente, en la edad adulta.

Así pues, en el primer grupo hablamos de un origen asociado a problemas en el sistema inmunitario, que ataca a las células del páncreas responsables de la producción de insulina. En el segundo, el páncreas deja de producir insulina de forma adecuada, por lo que comienzan a dispararse los niveles de glucosa. Actualmente, éste es el tipo de diabetes que se encuentra con mayor frecuencia.

Diabetes

Si la diabetes es una enfermedad física, ¿por qué hablamos de ella en un blog de psicología?

Porque prácticamente todas las enfermedades físicas tienen consecuencias a nivel psicológico en aquellos que las padecen y los que están a su alrededor. Aquí analizaremos algunos de estos aspectos, tanto para la diabetes tipo 1, como para el tipo 2:

Diabetes tipo 1

  • Los niños y adolescentes suelen mostrar una mayor capacidad de adaptación a las dificultades asociadas a la enfermedad. Además, normalizan desde una edad temprana un estilo de vida que puede ser “bastante” diferente al de otros niños de su edad. Eso no implica que no se sientan distintos y, en ocasiones, requieran de apoyo específico dentro del propio entorno escolar/social/familiar.
  • Si las rutinas son, en general, importantes y necesarias en la infancia y adolescencia, tanto más cuando contamos con un diagnóstico de diabetes. Los niños/adolescentes deben ser conscientes de los momentos en los que (se) deben medir sus niveles de glucosa en sangre y qué deben hacer con las oscilaciones que se ocasionen.
  • Para ello, las familias y los centros educativos deben estar correctamente asesorados por un profesional experto (generalmente, médico endocrino) que les proporcione los recursos adecuados para las mediciones y la gestión de los balances glucémicos.
  • Asimismo, el apoyo psicológico a las familias es esencial especialmente en las primeras etapas del diagnóstico, cuando el desconocimiento puede causar numerosas (y lógicas) reacciones emocionales: como miedo e incertidumbre.
  • Contar con herramientas óptimas a nivel médico y psicológico facilita el ajuste de las familias a la nueva situación, reduciendo los niveles de estrés que este cambio puede ocasionar en un primer momento.
Diabetes

Diabetes tipo 2

  • Los adultos suelen mostrarse un tanto menos flexibles a la hora de adaptarse a los cambios, razón por la que pueden aparecer ciertas resistencias con respecto a modificaciones del estilo de vida necesarias tras el diagnóstico de la enfermedad.
  • Es importante que las modificaciones se puedan ir incorporando progresivamente, de manera que resulte más fácil integrarlos (por ejemplo: reducir primero el consumo de ciertos alimentos, incorporar progresivamente otros más saludables, ampliar gradualmente la actividad física…)
  • En la medida de lo posible y, si la persona es insulinodependiente, facilitar claves externas que sirvan de recordatorio hasta haber asimilado por completo la nueva pauta de vida (agenda, post-its…)
  • Además, el apoyo familiar y social se convierte en un potente reforzador en el proceso de cambio, por lo que también ayuda (en la medida de lo posible) que el entorno adquiera asimismo ciertos hábitos más saludables, de forma que la adherencia a los nuevos patrones puede resultar más sencilla.

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