El trastorno depresivo mayor o, más comúnmente, la depresión, es una alteración del estado de ánimo que se caracteriza por la presencia de un estado de ánimo deprimido durante la mayor parte del día y la mayor parte de los días.

Este rasgo es el que se detecta con mayor facilidad, pero también son criterios diagnósticos de este trastorno la disminución del interés por actividades que anteriormente resultaban placenteras; una pérdida o aumento de peso; alteraciones en los hábitos de sueño (insomnio o hipersomnia); agitación o disminución psicomotora; mayor fatiga o falta de energía a diario; aparición de sentimientos de culpa y/o inutilidad; dificultad para mantener la atención o tomar decisiones o la aparición de pensamientos relacionados con la muerte de forma más o menos recurrente (pudiendo estar relacionados con ideación suicida o no).

Al menos cinco de los anteriores síntomas deben estar presentes durante un periodo superior a dos semanas para poder establecer un diagnóstico clínico de depresión mayor.

Por esta razón, aunque utilizamos con bastante frecuencia el concepto de depresión y el “estar deprimido” para expresar una profunda tristeza, podemos observar que estar muy triste y encajar con un diagnóstico clínico de depresión no son la misma cuestión.

Sin embargo, cabe matizar que numerosas personas que presentan un cuadro depresivo clínico no sólo verbalizan sentirse enormemente tristes, desmotivadas, sin energía y sin ilusión con su vida en general, sino que también mencionan la presencia de arranques de ira, hostilidad y comportamientos agresivos, generalmente dirigidos hacia figuras de su entorno inmediato (familia, pareja y/o amigos). Por tanto, la ira y la agresividad en la depresión son sentimientos que van más allá de la tristeza de un diagnóstico depresivo.

¿Por qué el enfado y la ira pueden formar parte del repertorio de la depresión mayor?

Partiremos de la base de que tanto la tristeza como el enfado son dos de las seis emociones básicas que, como su nombre indica, cumplen una función tan básica como es la comunicación humana.

A través de la expresión de determinadas emociones sólo mediante gestos faciales, las personas de nuestro alrededor pueden saber si estamos felices o enfadados (no entraremos aquí en la capacidad que hemos desarrollado para poder “maquillar” nuestras emociones), y actuar en consecuencia para con nosotros.

El enfado es una emoción que sirve para dos cosas fundamentales que están interrelacionadas: la supervivencia y el establecimiento de límites. La ira nos activa a nivel cognitivo y físico para una posible lucha, por si tenemos que “pelear” por nuestra integridad.

Es una emoción bastante primaria que existe desde que el ser humano es tal, pero que actualmente hemos perfilado para “evitar la batalla” en la mayoría de ocasiones y convertirla en un diálogo en el que podamos plasmar dónde quedan los límites que necesita una parte y la otra.

A menudo, se tiende a sobreproteger a las personas con diagnóstico de depresión mayor, de manera que sus límites muchas veces quedan invalidados. El propio estado de ánimo depresivo supone una dificultad para reemprender tareas de relevancia para la persona, pero si el entorno no colabora, la situación se vuelve más complicada.

Además, las personas con depresión suelen sentirse bastante frustradas por las propias implicaciones que este diagnóstico tiene en su funcionamiento cotidiano, así como con el hecho de no poder continuar con sus vidas como habían hecho hasta el momento.

Todo ello sumado a una gestión del enfado que varía en función de cada persona, nos puede llevar a un manejo deficiente del ya de por sí complejo trastorno depresivo mayor, encontrándonos ante un perfil que no sólo cuenta con las ya mencionadas desmotivación, desilusión y pérdida de energía, sino que también es posible que reaccione con frecuencia con conductas inapropiadas de cara a su entorno.

¿Cómo podemos ayudar?

En primera instancia, debemos delimitar bien cuáles son los síntomas (y cómo se han establecido) que caracterizan el diagnóstico de depresión de la persona que tenemos delante, de manera que podamos conceptualizar mejor y optimizar nuestra intervención psicológica.

Asimismo, debemos establecer con la persona un abordaje de activación conductual para que, progresivamente, pueda ir recuperando su modo de funcionamiento habitual, siempre desde el consenso y la negociación en el proceso de terapia.

En esta línea, también dotar de herramientas y estrategias efectivas para la detección de la ira y una expresión más saludable de esta emoción, de manera que se facilite la comunicación y la comprensión por parte del entorno.

Y, por último, con respecto al contexto social permitir en la medida de lo posible que la persona se enfrente paulatinamente a la situación, respetar los límites que pueda necesitar establecer y, en caso de necesitar recursos específicos para la mejora de la convivencia, plantear también la intervención familiar o de pareja con el objetivo de dotar de apoyo a la comunicación, la interacción y el control de la ira.