Mi pareja no me entiende, ¿Qué hago? 1

En las relaciones de pareja se genera un vínculo entre dos personas (o más, dependiendo del tipo de relación establecida) en el que se espera que exista un alto grado de confianza en el otro, un buen nivel de comunicación, una interacción social adecuada, un notable cuidado de la intimidad y el deseo sexual, y una escucha y comprensión de las necesidades propias y del otro.

Como es lógico, estas características no aparecen de la nada desde el inicio del contacto entre dos personas, sino que se van estableciendo y moldeando progresivamente con el desarrollo del mismo.

Así pues, según diversos estudios, las parejas que informan de un mayor grado de felicidad en sus relaciones lo achacan a la construcción de una sólida comunicación, de una buena equiparación del tiempo juntos y en solitario y de un alto grado de comprensión entre las partes.

Si la comunicación en la pareja es importante, pudiendo llegar a determinar el fracaso o éxito de la misma, prácticamente a un mismo nivel podríamos situar la capacidad de escucha y de comprensión de lo que nos transmite la persona con la que hemos decidido compartir nuestro tiempo.

Estas dos cuestiones, la comunicación y la comprensión, están altamente relacionadas y se retroalimentan entre sí. Por esta razón, si no tenemos la sensación de sentirnos comprendidos por nuestra pareja, inevitablemente podemos llegar a un problema a la hora de comunicarnos: reducir el número de aspectos que transmitimos, emplear un tono más sumiso o asertivo, “reprimir” ciertas emociones que nos gustaría hacer llegar al otro para generar un cambio, etc.

Siento que mi pareja no me entiende, ¿Por qué?

No es extraño que, ante determinadas situaciones que podamos vivir con nuestra pareja, no seamos capaces al cien por cien de comprender qué es lo que está sintiendo, por qué le ha afectado tanto (o tan poco) una circunstancia determinada o por qué razón ha actuado de una forma, a nuestro parecer, tan rara.

Aquí hemos empleado el término comprensión hasta ahora para hacer referencia a otro concepto complejo que tenemos que desmigajar: la empatía.

De alguna forma, cuando hablamos de comprensión nos referimos a una cuestión que puede abarcar una mera asimilación de algo en términos racionales (“entiendo que la luna tiene una forma redondeada y no cúbica”) o en términos emocionales (“entiendo por qué te enfadaste la otra noche”), pero, puesto que puede ser algo más ambiguo y quizá menos profundo, vamos a hacer la diferenciación entre la empatía cognitiva y la empatía emocional.

La empatía cognitiva tiene que ver con la capacidad que tenemos de comprender racionalmente lo que le ocurre al otro cuando vive una experiencia concreta. Por ejemplo: “entiendo que Patricia está triste porque la han despedido de su trabajo”. A un nivel lógico tenemos la habilidad de asumir que determinados estados emocionales se asocian a determinadas circunstancias sociales o personales, lo que no significa que experimentemos la tristeza o frustración de Patricia al perder su puesto de trabajo.

La empatía emocional, sin embargo, tiene que ver con una habilidad mucho más desarrollada en las personas a la hora de generar un vínculo, y que se relaciona con el poder experimentar en mayor o menor grado la emoción que vive otra persona.

Esto se ejemplifica de forma muy sencilla: imaginemos el clásico vídeo de un bebé que comienza a reírse. ¿Cuántas personas tras unos segundos no han esbozado una ligera sonrisa viéndolo y escuchándolo? Por el contrario, ¿Cuántas personas sonríen en un velatorio?

A este efecto, los psicólogos lo llamamos contagio emocional, y tiene una explicación neurocientífica bastante curiosa relacionada con un tipo de neuronas que conocemos como “neuronas espejo”, aquellas que, como podréis imaginar, nos permiten copiar e imitar las acciones y gestos de los otros, pero, también, impregnarnos de aspectos más profundos como un determinado sentir.

Estas neuronas están presentes en todos los seres humanos, pero la capacidad de empatizar con el otro es algo que puede ser entrenado y no todos contamos con ella de igual modo.

Dicho esto, ¿Por qué mi pareja no me entiende? Hay muchas razones que pueden estar influyendo en un déficit en la empatía tanto cognitiva como emocional en la pareja. Entre ellas, cuestiones individuales de personalidad (hay claras diferencias entre unas personas y otras a la hora de comprender emocionalmente al otro), una capacidad de comunicación deficiente o una pobre gestión del conflicto cuando éste sucede.

Mi pareja no me entiende, ¿Qué hago? 2
Pareja dialogando

¿Qué podemos hacer cuando no conseguimos empatizar con exactitud con nuestra pareja?

Debemos partir de la base de que no comprender siempre al otro es normal y hasta esperable. Recordemos que no somos adivinos de pensamiento y de emociones y podemos necesitar en algunas ocasiones que se nos clarifique por qué alguien se siente triste, enfadado o asustado.

Es importante que la parte que necesita que empaticen consigo intente explicarse de todas las formas posibles, preferiblemente en contextos en los que se sienta en calma y el momento de comunicación no derive en una escalada de conflicto.

Sin embargo, puede ocurrir que el intento de explicar cómo me siento no me “sirva”, puesto que la otra persona siga exactamente en el mismo punto que al inicio.

En estos casos, puesto que puede suceder a las dos partes, es muy importante que tratemos de salir de la necesidad de comprender con total precisión al otro, y nos limitemos a intentar aceptar que hay una emoción determinada que tiene que tener su espacio para existir.

Visto con un ejemplo: Puede que una persona no consiga entender por qué su pareja está tan afectada porque una amiga suya ha perdido su puesto de trabajo, pero sí puede tratar de aceptar que la capacidad empática de su pareja en este contexto se ha engrandecido y que esa tristeza necesita un lugar hasta que finalmente desaparezca.

La aceptación de un estado emocional con el que no “conectamos” de inicio supone un alto nivel de madurez, pues implica respetar al otro y su sentir por encima de todo, de manera que contribuimos a la construcción de un vínculo mucho más sólido por el mero hecho de abrazar que el otro es distinto a nosotros.

Esta actitud es también muy favorecedora a la hora de negociar diversos aspectos con nuestra pareja y, en general, a la hora de manejar tanto situaciones difíciles como conflictos, como a la hora de valorar nuestra relación como mucho más grata y satisfactoria.