Cómo aprender a decir que no

La vida está llena de momentos que implican necesariamente una toma de decisiones. A partir de cada una de las elecciones que hacemos, tratamos de aproximarnos a aquellas metas que nos hemos ido marcando con el paso del tiempo.

En una situación ideal, las personas tomamos decisiones basándonos en nuestro criterio y nuestras necesidades, guiándonos por aquellos factores que consideramos que van a repercutir de forma más positiva en nosotros.

Sin embargo, con frecuencia elegimos en base a los criterios /o necesidades de otras personas, obviando o restando importancia a nuestra propia perspectiva sobre cada momento o experiencia.

Algunas de estas decisiones tienen que ver con la elección de un “no” por respuesta. En la sociedad occidental, el “no” se experimenta por norma general como un rechazo o una pérdida, de manera que suele generar frustración, tristeza o rabia (entre otras emociones posibles).

Por tanto, ofrecer un “no” suele significar privar a uno mismo o al otro de algo que podría ser un beneficio (“no” vas a comer más golosinas), cuando en realidad una respuesta afirmativa podría suponer un perjuicio en más de una ocasión (p.e.: aceptar quedarse a trabajar 10/12 horas cada día por costumbre, con el sobrecoste que puede tener esta decisión para la salud).

Entonces, ¿por qué nos cuesta decir “no”?

Hay múltiples factores que influyen en nuestra capacidad de decisión y, por tanto, en que decidamos aceptar o rechazar una determinada oferta o propuesta que se nos plantea.

Por un lado, existe toda una serie de factores sociales, como la presión de grupo, que guardan una estrecha relación con la dificultad para expresar una negativa. Un hombre que ha empezado a saber decir que no

La necesidad de identificarse y sentirse parte del grupo (necesidad de pertenencia) de cada persona lleva a mimetizar las diferentes conductas que puedan plantear sus miembros, de manera que todos los componentes del grupo suelen actuar de forma similar (vestimenta, forma de hablar, estilos musicales de preferencia, etc.)

Por otro lado, y a nivel psicológico, la necesidad de aceptación y aprobación, un nivel bajo de autoestima, el temor al rechazo o a la soledad, la baja confianza en uno mismo o una personalidad excesivamente dependiente, pueden estar relacionados con la poca probabilidad de proporcionar un “no” por respuesta.

Pongamos algunos ejemplos:

  • Marta está casi terminando su jornada laboral. Prácticamente todos los días se queda un par de horas de más que nadie le agradece o le compensa. Sin embargo, si su jefa observa que va a marcharse a la hora que debería, le pide que se quede a terminar algunas cosas de última hora. Marta se siente mal, pero acepta.
  • Pablo quería ir al cine y a cenar a un nuevo restaurante que acababa de descubrir. Se lo comentó a Cintia, su pareja, quien le dijo que no iba a ser posible porque ya había hecho planes para el fin de semana (planes que implicaban a ambos). Pablo es consciente de que, en un 90% de las veces, las cosas que deciden hacer son decididas por Cintia y esto le molesta bastante, pero acepta.
  • Sara comparte todas sus cosas con su hermano pequeño, Jaime. Normalmente no tiene problema, pero alguna cosa prefiere no dejársela, por temor a que se la rompa (algo que ya le ha ocurrido anteriormente). Su padre le dice siempre que es su deber como hermana mayor aprender a compartir, y que sus papás se ponen tristes cuando ven ese tipo de comportamientos por su parte. Sara no está de acuerdo con la decisión y le enfada, pero acepta.

En cualquiera de estos casos aparecen factores cognitivos y emocionales que dificultan la posibilidad de ofrecer un “no” por respuesta.

Probablemente, Marta tenga un elevado sentido de la responsabilidad e incluso sea bastante perfeccionista, además de que pueda temer por su puesto de trabajo si se niega a trabajar más horas de las que le corresponden.

Por otro lado, Pablo no está conforme con las decisiones de Cintia, pero puede que el temor a un conflicto (bien no saber gestionarlo, o bien no saber resolverlo) o a perder a su pareja le lleven a aceptar cualquier condición propuesta.

Por último, tenemos a Sara, una niña que necesita respeto hacia sus juguetes y se ve “forzada” a compartirlos con alguien que sabe (por experiencia) que no tendrá el mismo cuidado que ella tiene con ellos.

¿Cómo trabajamos la habilidad para decir que “no”?

Los psicólogos hablamos de asertividad o comunicación asertiva como la habilidad que tenemos para expresar nuestras opiniones de forma respetuosa con aquellos que reciben nuestro mensaje.

Es decir, hacemos oír nuestra opinión sin imponerla o sin lanzar mensajes agresivos. Por tanto, no tratamos de buscar tener la razón, sino de encontrar la forma de expresar lo que sentimos o necesitamos de una forma que incluye la aceptación, la escucha activa y el equilibrio.Nos cuesta decir que no

La asertividad como estrategia de comunicación se coloca en el término medio (como bien situaría el filósofo Platón) entre la pasividad (el otro decide por mí) y la agresividad (yo decido por el otro).

Por tanto, si volvemos a nuestros ejemplos podemos ofrecer algunas alternativas de respuesta posibles basándonos en la asertividad:

  • Marta, respuesta agresiva: ¿Por qué no se lo pides a otro?
  • Marta, respuesta asertiva: No me importa quedarme, pero, ¿sería posible que me indicaras estas tareas con un poco de antelación la próxima vez?
  • Pablo, respuesta agresiva: ¿Es que siempre hay que hacer lo que tú quieras?
  • Pablo, respuesta asertiva: Acepto el plan, aunque me gustaría que eligiéramos juntos el plan para el próximo fin de semana.
  • Sara, respuesta agresiva: No pienso dejar mis juguetes a Jaime.
  • Sara, respuesta asertiva: ¿Podéis ayudarme a explicarle que me gustan mucho y no quiero que los rompa?

Las respuestas agresivas tienen el objetivo de “dañar” al otro, “devolviendo” una parte del daño sufrido.

Como se puede observar, no favorecen la relación, sino que son respuestas que llevan irrevocablemente a una situación de conflicto.

Con el formato asertivo tratamos de expresar nuestro punto de vista sin necesidad de atacar al otro, de manera que respetamos su posición, pero también la nuestra. Esto resulta fundamental para alcanzar un estado de bienestar relacional adecuado.

La asertividad puede ser trabajada tanto en adultos como en niños. ¿Necesitas aprender a decir “no”? ¡Te ayudamos!