Un niño imitando a su padre mientras se afeita

Desde el momento en que nacemos, cuando se realiza la comprobación de nuestro sexo biológico (varón o hembra), comienza también un proceso de asignación del rol de género que, según la sociedad en la que se haya nacido, se atribuye a un sexo u otro.

Así pues, el rol de género hace referencia a las características actitudinales y conductuales que van adscritas a un sexo biológico por tradición sociocultural. Por ejemplo, en el caso de los varones se espera una respuesta social más fuerte, con menos llanto y menor nivel de emocionalidad, mientras que de las mujeres se espera un comportamiento más frágil, amable y dulce.

Si bien todo esto está cambiando y, a día de hoy, se busca una menor diferenciación en los roles entre hombres y mujeres, también es cierto que hasta la actualidad los hijos han tendido a adoptar las conductas de género adscritas al rol de sus padres varones (si hablamos de chicos) o de sus madres (si hablamos de chicas).

En nuestra sociedad cada vez es más común que hombres y mujeres compartan tareas en casa y que ambos trabajen fuera del hogar. Sin embargo, aún a día de hoy encontramos diferencias en la expresión emocional entre ambos sexos, producto de una educación emocional altamente diferenciada y muy arraigada a la forma de ser de cada uno de los miembros de la pareja (siempre con excepciones, claro está).

Por tanto, los niños y niñas comienzan sus primeras semanas y meses de vida bajo la influencia de sus padres como primer agente de socialización, de forma que se impregnan de su manera de funcionar, pensar y actuar.

En este apartado cabe mencionar que, en el mundo occidental, la familia formada por un padre y una madre de sexos opuestos hace tiempo que dejo de ser el prototipo dominante, siendo que en la actualidad existen familias nucleares extensas, familias monoparentales o familias con padres del mismo sexo.

Todas ellas tendrán una influencia notable en la identificación del menor con los roles adscritos a un género u otro (en función de la propia flexibilidad con respecto a los roles que tenga/n el/la/los padre/madre/s), aunque es imprescindible mencionar que numerosos estudios han demostrado que el tipo de familia no tiene ninguna influencia sobre la orientación sexual (el hecho de sentirse atraído por una persona de un sexo u otro, argumento que se ha empleado durante años en contra de la adopción por parte de padres y madres homosexuales y que, como comentábamos, se ha comprobado como completamente falso).

¿Somos un modelo para nuestros hijos?

Podríamos emplear muchas viñetas que representan cómo nuestros hijos perciben, interiorizan e imitan diferentes actividades y comportamiento que ponemos en práctica a diario.

Por tanto, si los niños ven en casa cómo sus padres emplean una gran parte del tiempo en el uso de la tecnología, desearán y buscarán activamente la forma de replicar esta conducta. Si observan cómo sus padres organizan su tiempo en torno a la lectura, la probabilidad de que se vuelvan lectores activos aumentará.

En el formato educativo tradicional, era mucho más frecuente ver cómo los niños ejecutaban comportamientos asociados a su rol de género y, a su vez, observados e interiorizados como correspondientes a sus padres “varones” (como jugar al fútbol, con herramientas o con coches) o, en el caso de las niñas, con muñecas, maquillaje y utensilios de cocina.Una niña haciendo yoga con su madre

Afortunadamente, los cambios de los que hablábamos en el primer bloque de este artículo se empiezan a dibujar también en el modo de jugar de los niños y niñas de nuestra sociedad actual, de manera que los niños colaboran en la “crianza” de muñecas y las niñas se muestran igual de hábiles en el manejo de herramientas o coches.

Esta modificación conductual no habría sido posible sin un cambio social, y refleja igualmente cómo los padres siguen siendo un modelo a imitar por sus hijos.

Este modelado se convierte en un ajuste, una forma de adaptarnos al entorno y encontrar el mejor modo de acoplarnos socialmente contando con las claves aprendidas de la mano de nuestros vínculos más sólidos y fuertes.

Adolescencia, periodo de (re)identificación

El periodo de adolescencia rompe con la línea de desarrollo de la infancia, de manera que el adolescente ya no necesita identificarse completamente con sus padres, sino que, por el contrario, busca la diferenciación con estos y la identificación con el grupo social de referencia.

De alguna forma, la niñez ha significado un periodo en que el menor ha formado su identidad a partir de lo que sus padres y otros agentes de socialización han volcado sobre él, y sobre lo que él ha asimilado de los diferentes contactos con dichos agentes de socialización.

Sin embargo, en la adolescencia comienza de forma más destacada la formación de la identidad propia, de manera que la persona busca otras fuentes de inspiración y de identificación que se salen del núcleo familiar.

Las relaciones de amistad se convierten en un pilar fundamental en esta etapa, haciéndose particularmente notable la necesidad de pertenecer al grupo, de manera que las diferencias y similitudes se reevalúan con respecto a un nuevo grupo de referencia.

El final de la adolescencia, ¿quién soy yo?

La adolescencia tardía es el periodo en que la diferenciación de la persona con respecto a los demás eclosiona.

Lo que quiere el grupo y lo que quiere cada uno a título individual puede ser diferente y ya no se considera una “amenaza” para el yo.

Se inicia un periodo en el que el adolescente analiza sus expectativas y sus necesidades propias, anteponiendo su criterio al de sus progenitores o amigos.

Por ejemplo, en casos altamente salutogénicos será el adolescente quien tome la decisión sobre su futuro estudiantil o laboral, independientemente de las recomendaciones (o empujes) recibidos por sus padres o amigos. Así pues, unos padres podrían aconsejar cursar medicina a su hijo, pero éste decantarse por la filología hispánica.

En otras situaciones, cuando el vínculo con los padres flaquea por alguna razón (diferencias de caracteres, juegos de poder, ausencia de algún progenitor, personalidad de padres/hijos, etc.), es probable que el apoyo en el criterio propio sea mucho más endeble, de manera que si los padres aconsejan a su hijo el estudio de medicina, el hijo se vea mucho más empujado en esa dirección.

¿Cómo se puede trabajar la diferenciación?

En algunos casos, los adolescentes tienen muy claro lo que desean y ofrecen argumentos perfectamente sólidos en favor o en contra de una determinada decisión.

En estos casos, el conflicto con los padres puede deberse a mantener posturas contrarias, lo que nos llevaría a un proceso de mediación en el que trataríamos de reconciliar los diferentes puntos entre las partes.Una niña imitando a su madre

En las situaciones en que existe dudas, se debe proporcionar al adolescente suficiente espacio y seguridad terapéutica para explorar sus necesidades y sus demandas, de manera que el proceso psicológico se convierta en un ciclo en el que sus pensamientos tienen un lugar para existir sin ser juzgados y son escuchados.

En muchas de estas circunstancias el trabajo principal del psicólogo se centra en los padres, que de forma inconsciente vuelcan algunas de sus inseguridades y temores en el desarrollo futuro de sus hijos, por lo que son los que primero deben encontrar la forma de sentirse cómodos y, así, transmitir dicha comodidad y seguridad a aquellos que los ven como un apoyo.