Pareja viendo una película de miedo en el cine

El cine de terror es un género que se esfuerza en provocar sensaciones de pavor,  miedo, disgusto, repugnancia, incomodidad o preocupación en el espectador. Cualquier persona estaría de acuerdo en clasificar estas sensaciones como poco deseables y trataría de evitarlas. Sin embargo, este género es uno de los más populares en la actualidad, tanto entre adultos como entre niños, que cada vez tienen el acceso más sencillo a contenidos no recomendados para su edad.

Pero ¿por qué nos sentimos atraídos hacia el cine de terror? ¿Por qué percibimos los sustos y los saltos en el asiento como algo positivo?

El ser humano es un ser social prácticamente desde su origen. Al igual que muchos otros mamíferos, nuestro cerebro está programado para relacionarse y mantener a salvo a nuestro grupo significativo, a nuestros amigos, compañeros y familiares. Debido a que la conducta social forma parte de nuestra especie desde hace tanto tiempo, este comportamiento está determinado por una de las partes más antiguas de nuestro cerebro.

El cerebro en los seres humanos se construye desde el interior hasta el exterior, lo que significa que las partes más antiguas, comúnmente asociadas a la parte incontrolable e instintiva de nuestra naturaleza, se encuentran en una posición más profunda. Ejemplos de esto serían las zonas encargadas del control de la agresión y el miedo o instinto de supervivencia. Las regiones más externas controlan conductas voluntarias y más modernas, como el lenguaje.

Por lo tanto, cuando entramos a ver una película somos capaces de racionalizar que lo que estamos viendo no es real utilizando la parte externa de nuestro cerebro. Sin embargo, no ocurre lo mismo con las zonas internas.

Cuanto más atrapados e interesados nos tiene el filme, menos control voluntario somos capaces de ejercer, prácticamente olvidándonos de que estamos en un cine. En el momento en el que se produce una secuencia inesperada o desagradable, nuestro cerebro la interpreta como si estuviera pasando a nuestro lado, y al no ser capaz de racionalizarlo, reacciona de forma instintiva tratando de saltar para huir o gritar para avisar del peligro a los demás espectadores o a los protagonistas.

Este proceso, que dura un abrir y cerrar de ojos provoca las mismas consecuencias que si de verdad hubiera un payaso asesino persiguiéndonos por una habitación, por poner un ejemplo. Se comienzan a segregar dos hormonas: la adrenalina y el cortisol, responsables de controlar las respuestas de estrés y de activar nuestros músculos y órganos para un posible enfrentamiento o una huida.

La reacción a estas hormonas es universal. El corazón se acelera, la presión arterial aumenta, comenzamos a sudar, nuestros músculos se tensan, a veces haciéndonos temblar y se detienen los procesos no esenciales como la digestión. Además, se incrementan el número de plaquetas y glóbulos blancos en los vasos sanguíneos cercanos a la piel, de forma que estemos preparados en el caso de sufrir una herida.

Existen diversas teorías en relación a por qué nos sentimos atraídos hacia este tipo de emociones. Algunas aseguran que se trata de una curiosidad morbosa del ser humano por experimentar algo que sería perjudicial para nosotros sin sufrir daño, mientras que otras sugieren que durante la película entramos en un estado de catarsis y nos enfrentamos a nuestros propios miedos.

No obstante, la teoría por la que nos inclinamos en Dopsi se respalda tanto en la respuesta hormonal como en la acción social. Cuando “superamos” una película de terror, especialmente cuando nos sentimos identificados con los personajes y hemos sufrido un par de sustos, de la misma forma que sucede al terminar una vuelta en una montaña rusa, sentimos una sensación de satisfacción, como de haber superado un reto. Esto genera dopamina y serotonina, que unidas al efecto de la adrenalina y el cortisol, todavía presentes en nuestro cuerpo, genera un estado de euforia y ánimo elevado.

Por tanto, podríamos explicar que somos “un poco adictos” al subidón que nos genera pasarlo mal, tanto en un cine como en un parque de atracciones, especialmente si es en buena compañía.