Una niña frente al ataúd de uno de sus padres

¿Qué ocurre en los niños cuyos padres tienen ideación suicida?

Como ya sabemos, la infancia es una etapa crítica en el desarrollo del ser humano. Desde nuestro nacimiento hasta la adolescencia, comenzamos a formar nuestra identidad, se nos educa sobre qué comportamientos son adecuados o inadecuados (en función no sólo de la cultura en la que nos situemos, sino también dentro de la “cultura de cada familia”), se nos inculca toda una serie de valores y pautas cívicas y, por supuesto, se nos transmite (de forma directa o indirecta) un patrón de comunicación emocional.
Los niños aprenden a una velocidad exacerbada qué pueden y no pueden hacer o decir, pero, todavía más importante, qué consiguen a través del modo en que se comunican con sus progenitores y otras figuras de relevancia para ellos (profesores, amigos, etc.)
Cuando nos encontramos con un patrón educativo dentro de lo “normativo”, podemos ver que los niños funcionan en su cotidianeidad sin dificultad: resuelven sus conflictos (con mayor o menor destreza), son capaces de pedir aquello que necesitan (con mayor o menor asertividad), y conocen y comprenden los límites que existen en sus casas y por qué han sido establecidos.
Con frecuencia hablamos de hogares en los que las pautas educativas pueden no ser los suficientemente flexibles o claras; los castigos, desajustados; las recompensas, inexistentes o la escucha de las necesidades de los niños, prácticamente nula, pero hoy pretendemos abordar un tema tan delicado como necesario, relativo a qué ocurre cuando un niño convive con un padre o madre con ideación suicida (o bien que ha cometido intento/s de suicidio o, incluso, ha llegado a terminar con su vida).

¿Qué podemos encontrar en estos niños?

Hemos hablado del suicidio en artículos anteriores, y seguiremos haciéndolo debido a que para nosotros el abordaje adecuado de este tema es fundamental para su prevención.
Generalmente, cuando hablamos del suicidio, nos referimos principalmente a aquellas personas que piensan con frecuencia o han buscado modos de poner fin a su vida, llegando o no a cumplir dicho objetivo.
Si bien es fundamental que tengamos en cuenta cuáles son las necesidades de la persona que piensa en el suicidio como única alternativa viable, también es importante que dediquemos una mirada cuidadosa a su entorno, sobre todo cuando de éste forman parte niños o adolescentes.
Para empezar, porque ante una perspectiva de suicidio, contar con un apoyo próximo de completa confianza se convierte en un punto crucial. Numerosos estudios han demostrado que, hablar de la idea del suicidio (con un familiar, amigo o con un profesional como un psicólogo o psiquiatra) reduce la necesidad de llevarlo a cabo.
Sin embargo, a veces nos olvidamos de otro sector muy vulnerable y que se ve ampliamente afectado por este tema: los niños.
Para comenzar, las personas con ideación suicida pueden convertirse en “cuidadores ausentes”, ya que el foco en su malestar puede llevar a déficits en la atención del o los menor/es a su cargo (como es obvio, sin la intención deliberada de ignorarles o causarles daño).
Por otra parte, los menores de 6 años tienen serias dificultades para comprender el concepto de la muerte, por lo que resulta todavía más difícil entender por qué alguien “se marcha para no volver”.
Además, los niños tienen una perspectiva del mundo muy egocéntrica (esto no es una crítica, sino una observación objetiva de su desarrollo evolutivo. Para más información, se puede consultar al autor Jean Piaget, que ampliamente estudió los diferentes estadios del pensamiento y lenguaje de los niños), lo que significa que consideran que todo lo que ocurre a su alrededor está directamente relacionado con ellos.
Esto se traduce en que, si un familiar cercano y, sobre todo, si su padre o madre llevan a cabo el suicidio, es muy probable que ellos se sientan enormemente responsables de este acto.
Para más inri, debido a su falta de madurez tanto cognitiva como emocional, pueden achacar la muerte de su padre/madre/familiar a aspectos que un adulto consideraría una “banalidad”, como “no me he portado bien” o “siempre grito a mi hermano”.
En definitiva, los menores que conviven con un adulto con ideación suicida o que se ha suicidado, experimentan un intenso malestar emocional, además de problemas físicos (producto de la somatización del malestar que, con frecuencia, encuentran muy difícil de expresar), trastornos del sueño (terrores nocturnos, enuresis) y/o problemas de conducta, entre otros.

¿Cómo trabajamos con un menor en estas situaciones?

Una vez más, el psicólogo se convierte en un acogedor y facilitador de la expresión emocional.
A menudo estos niños no encuentran en su entorno inmediato un apoyo que les permita hablar de cómo se sienten o que refuerce su necesidad de preguntar (y entender) por lo ocurrido.
Por esta razón, la sensación de “culpa” que pueden experimentar va en aumento, ligada a la frustración por no comprender qué han hecho mal para que uno de sus cuidadores principales ya no esté con él/ella.
En estos casos, el trabajo de la “culpa” es esencial, ya que el menor debe comprender que no es responsable de lo ocurrido, al igual que se debe tratar de fomentar el recuerdo “constructivo” con la persona perdida.
También es importante elaborar con el menor estrategias de “auto-apoyo”, de forma que se descubra y entienda mejor a sí mismo, y pueda también gestionar de manera más adecuada sus emociones.
Como si fuéramos “entrenadores” emocionales, nos aprovecharemos de la riqueza del juego para que la terapia resulte un aprendizaje en el que el menor sienta que puede “controlar” algo, una sensación que suele estar ausente en este tipo de situaciones.
Nuestro objetivo será que el menor integre la pérdida de una forma saludable, dejando progresivamente la culpa y la frustración a un lado, hasta llegar a la asimilación y la aceptación de la partida de su ser querido.