Seguramente hayas escuchado este término, pero ¿sabes en qué consiste ser responsable afectivamente? A grandes rasgos, podríamos definirlo, como la forma de establecer una relación afectiva, sea del tipo que sea, no solo amorosa, donde el vínculo se base en la igualdad, en la que los implicados tengan conciencia de las consecuencias de las decisiones que se toman y de los actos que se llevan a cabo.

Esto quiere decir que, con independencia del tipo de relación que mantengas con la otra u otras personas, debemos tener en cuenta una serie de aspectos para conseguir que ese vínculo se cree y fortalezca de una forma sana, siempre y cuando se haya pactado previamente que es el deseo de ambas partes, pues como podrás comprobar a continuación es un proceso que requiere tiempo, compromiso y reciprocidad.

Responsabilidad afectiva

¿Cómo comienzo a ponerlo en práctica?

Para responder esta pregunta, debemos profundizar en los factores implicados en el desarrollo de este proceso:

  • Comunicación asertiva: es decir, siendo honestos y expresando con claridad nuestros deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Esto incluye nuestras emociones y nuestros sentimientos, especialmente acerca de nuestros miedos e inseguridades, por dolorosos que puedan resultar. Para ello, será necesario que la persona sea capaz de poder identificar las emociones que siente, analizar su origen, y saber que el cambio está en sus propias manos.
  • Asumir la responsabilidad: tanto de las consecuencias de nuestros actos como las de los demás. Hay aspectos que están bajo nuestro control: compartir o no lo que nos preocupa, la elección de las palabras, del tono… Y, al mismo tiempo, debemos ser conscientes de aquello que escapa a nuestro control, por ejemplo, la interpretación que la otra persona haga de lo que le decimos, o la decisión que tome acerca de ello.
  • Practicar la empatía: es decir, cuidar, respetar, escuchar activamente, no juzgar, etc., teniendo en cuenta que la otra persona tiene el mismo derecho a exponer lo que siente y necesita. Actuar según la respuesta que obtengamos a esta pregunta: ¿Qué me gustaría que hiciera la otra persona si fuera yo quien estuviera planteando esto?
  • Establecer límites: tenemos derecho a marcar nuestros límites, aquellas cosas que no vamos a tolerar, porque son insoportables. Del mismo modo, es deseable que la otra persona pueda exponer los suyos con libertad y que, tanto unos como otros, sean respetados por ambas partes, precisamente porque al conocerlos, podemos evitar que estos sean transgredidos. Para poder exponer a la otra persona nuestros puntos innegociables, es imprescindible conocer previamente nuestras red flags.
  • Negociar y llegar a acuerdos: precisamente teniendo en cuenta el punto anterior, también tenemos que ser conscientes de que, inevitablemente, vamos a tener que hacer concesiones para tratar de encontrar soluciones equilibradas. Ni se trata de ceder siempre para contentar al otro o que se acabe la discusión, ni de imponer o convencer a la otra persona de que tenemos la razón absoluta, sino de exponer, escuchar, comprender y tratar de encontrar una solución con la que ambas personas os sintáis satisfechas.
  • Practicar la introspección y autocrítica: se trata de un proceso en constante cambio y evolución, donde los implicados vais a poder conoceros más y esto implica tener la capacidad de aceptar los propios errores, una vez más, hacernos cargo de ellos y hacer algo para intentar cambiar.

Si has llegado hasta aquí, seguramente te hayan venido a la cabeza situaciones donde trataste de poner en práctica alguno de los puntos anteriores sin el resultado esperado o te hayan surgido algunas dudas sobre cómo descubrir nuestras red flags, de la dificultad para comunicárselas al otro o de llegar a una negociación… Y es que no se trata de algo tan simple como pudiera parecer y, en muchas ocasiones, es preciso ayuda profesional para empezar a ponerlo en práctica.