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¿Puedo hacerlo?

Ir a terapia empieza a ser un proceso normalizado dentro de nuestra sociedad moderna, especialmente entre las personas jóvenes. Después de décadas de lucha por la salud mental, parece que como conjunto hemos entendido que buscar ayuda psicológica no es en absoluto un sinónimo delocura”, sino un intento por resolver conflictos/dificultades y poder manejarnos mejor en nuestro día a día.

Sin embargo, elegir un profesional de la salud mental sigue siendo una tarea compleja. Debemos asegurarnos de que la persona cuenta con la titulación de psicología y el máster que permite el ejercicio sanitario, o bien la formación a través del Sistema Nacional de Salud como psicólogo/a clínico/a.

Pero no sólo esto es importante. También lo es que el psicólogo con el que vayamos a trabajar nos ayude a consensuar unos objetivos terapéuticos, así como nos facilite herramientas y recursos para trabajar en casa sobre lo propuesto en las diferentes sesiones de terapia (algo que nos ayudará a avanzar más ágilmente en nuestro proceso).

Y, como podemos imaginar, una vez alcanzados los diferentes objetivos de terapia, la relación terapéutica llega a su fin. Pero, ¿es esto radicalmente así?

En ocasiones, sí. La persona culmina su proceso y no necesita volver a pasar por él en ningún otro momento de su vida. En otras ocasiones, puede suceder que haya un “fin” temporal y, por tanto, en otro momento del tiempo el psicólogo y el paciente se puedan volver a reencontrar para trabajar aspectos diferentes a los que abordaron en un primer instante.

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Ir a terapia

La terapia me va bien y sé de alguien que necesitaría tu ayuda, ¿puedo recomendarte?

Esta pregunta nos la encontramos con frecuencia en consulta y, evidentemente, para cualquier psicólogo es un honor que sus pacientes decidan remitirlo a otras personas de su entorno porque significa, en primera instancia, un voto de confianza en nuestro trabajo. Cuando una persona le dice a otra: «te recomiendo a mi psicólogo», esto son palabras mayores para los que trabajamos en el campo de la salud.

No obstante, hay algunos factores a tener en cuenta antes de iniciar procesos de terapia con personas del entorno de alguien que ya es (o ha sido) paciente en consulta.

  • El grado de parentesco: por ejemplo, si son dos personas de una relación de pareja, quizá sería conveniente que el trabajo terapéutico pudiera realizarlo otro profesional a fin de evitar posibles sesgos y conflictos a partir de la información que traslada cada parte. Lo mismo ocurriría con padres e hijos.
  • El grado de conexión entre los motivos de consulta de cada parte: por razones similares a la anterior, incluso aunque no exista un parentesco (por ejemplo, dos socios de una empresa).

En cualquier caso, siempre es conveniente preguntar al paciente que deriva, en primer lugar, para asegurarnos de que se siente realmente cómodo/a con la derivación o bien, en caso contrario, ayudarle a buscar una alternativa que le resulte más reconfortante.

Si el/la paciente tiene claro que no le supone un problema, que los objetivos terapéuticos son completamente independientes y que no va a haber un cruce de temáticas entre las dos personas que puedan asistir, entonces se puede contemplar abiertamente esta opción.

Por ejemplo, con respecto al primer punto puede que una pareja asista a terapia por separado para trabajar problemas de estrés en el trabajo y gestión de las relaciones sociales, pero ningún punto relativo a su propia relación de pareja, lo cual no debería suponer un obstáculo en el trabajo terapéutico (serían dos entidades diferentes e independientes).

En definitiva, sí, claro que es posible que recomiendes a tu psicólogo a cualquier persona que creas que puede necesitarlo, pero no te asustes si te hace algunas preguntas relativas al vínculo o al grado de comodidad porque su objetivo será siempre que esta recomendación no suponga ningún perjuicio para ti.