Una mujer con agorafobia en mitad de un grupo de gente

La agorafobia, de la que ya hemos hablado en anteriores publicaciones, es un trastorno de ansiedad que se caracteriza por el temor intenso a sufrir algún tipo de daño, ataque o desfallecimiento estando fuera de un lugar seguro (como el hogar).

Así pues, aunque su nombre proviene de dos términos griegos “ágora” (plaza pública, exterior) y “fobos” (temor, miedo), no se debe interpretar por su significado literal de “temor a salir al exterior”, sino que es necesario dar un paso más allá y categorizar la agorafobia como un temor a las consecuencias que podría tener el salir al exterior.

De acuerdo a los criterios diagnóstico de la quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM-V), se considera que una persona sufre de agorafobia cuando existe un nivel de miedo o ansiedad elevado a la hora de usar el transporte público, estar en espacios abiertos, estar en sitios cerrados, hacer cola o estar en medio de una multitud o estar fuera de casa solo.

Debido a que estas situaciones generan un intenso malestar en la persona, el individuo tiende a evitarlas dado que asume que podría ser difícil obtener ayuda en caso de darse síntomas de pánico u otra sintomatología incapacitante/embarazosa.

¿Qué factores son relevantes en la aparición y curso de la agorafobia?

La agorafobia es un trastorno que encontramos en una proporción mayor de mujeres que de hombres, y que suele aparecer antes de los 35 años de edad.

Como ocurre con otros trastornos de ansiedad, es frecuente encontrar la agorafobia en comorbilidad con otros trastornos (Trastorno Obsesivo Compulsivo, Trastorno de Ansiedad Generalidad, Trastorno de Pánico, etc.)

Además, hay una serie de factores temperamentales, como el nivel de neuroticismo, que cuentan como factores de vulnerabilidad a la hora de desarrollar un trastorno agorafóbico.

En esta línea, cabe señalar que las investigaciones sobre la agorafobia han demostrado que es el trastorno de ansiedad con mayor carga de heredabilidad (un 61%). Ello implica que es muy probable que la agorafobia esté presente en varios niveles intergeneracionales no solamente por cuestiones de aprendizaje, sino también genéticas. Una representación de un hombre con agorafobia

No obstante, no podemos obviar la importancia del entorno familiar y social a la hora de abordar un trastorno como la agorafobia, debido a que ciertas pautas de relación entre padres e hijo, deficiencias en la comunicación y una focalización excesiva en posibles riesgos a experimentar en el exterior, pueden ser algunos de los factores implicados en la aparición del trastorno.

A menudo, adultos con agorafobia son capaces de señalar algunos sucesos de su infancia (como la separación o muerte de los padres, o bien el sufrir algún tipo de ataque) con el inicio del trastorno, así como también ambientes familiares demasiado fríos o sobreprotectores.

¿Por qué una intervención familiar?

Si bien es cierto que hemos hablado ya de cómo intervenir en casos de agorafobia a título individual, no debemos olvidar que en muchos de estos casos podemos encontrar a más de un miembro del sistema familiar con esta sintomatología y, por tanto, experimentando el malestar propio del trastorno.

Cuando la persona con agorafobia convive o está en contacto frecuente con la familia de origen (padres y hermanos, principalmente), la terapia familiar es un buen entorno para que todos los integrantes se sientan escuchados y puedan expresar cómo les afecta la presencia de este trastorno.

También es extremadamente útil para el psicólogo a la hora de explorar las dinámicas familiares y poder establecer en qué medida la agorafobia puede estar siendo un síntoma de un problema mayor (por ejemplo, un adolescente comienza a experimentar esta sintomatología a raíz de una crisis en el matrimonio de sus padres, como forma de reconducir la atención a este problema y “evitar” la separación) que puede requerir atención psicológica para su resolución.

Por otra parte, en los casos de adultos, a menudo mujeres y hombres con agorafobia experimentan dificultades para su funcionamiento cotidiano: ir a trabajar, acompañar a sus hijos al colegio, salir a comprar, etc., por lo que las relaciones en la familia se ven enturbiadas (los niños, no conscientes de la magnitud del problema, ni del malestar que supone para el progenitor con agorafobia, pueden reprochar con frecuencia su “ausencia” en actividades cotidianas).Una mujer con agorafobia mirando por un agujero

En estas situaciones, es probable que el progenitor con agorafobia desarrolle paralelamente sintomatología depresiva, en relación con su percepción de “incapacidad” de modificar la situación.

Por esta razón, además de la intervención psicológica individual para poder trabajar el temor, las creencias irracionales y la intensidad emocional del trastorno, la terapia familiar puede resultar un apoyo no solo para la persona con agorafobia, sino también para los demás miembros de la familia.

La terapia familiar supone la creación de un entorno seguro y respetuoso en el que todos tienen derecho a expresar su opinión, pero, además, se trabaja para elaborar una mayor empatía y comprensión de las posturas ajenas.

Es un espacio en el que se puede pedir y negociar pacíficamente, en el que la persona con agorafobia puede plasmar claramente aquello que necesita, y escuchar también si los demás demandan algo de él/ella.

Asimismo, es el lugar óptimo para abordar temas “tabú” que la familia pasa por alto, debido a la dificultad para gestionar las implicaciones emocionales de los mismos. La garantía de un entorno de seguridad es un grado en el establecimiento de confianza hacia el psicólogo y hacia el propio proceso de terapia.