Tu psicólogo me cae mal: Cuando a terapia acude la persona "equivocada" 1

Por fin, después de décadas de sombría trayectoria, al menos en la sociedad occidental se comienza a dar el peso que corresponde al cuidado de la salud mental.

No cabe duda que el estigma relacionado con la enfermedad mental todavía provoca reticencias a la hora de consultar con un profesional de esta área, pero cada vez más son las personas que comprenden que iniciar un proceso de terapia psicológica (o, incluso, asistir a unas pocas sesiones de asesoramiento) no tiene nada que ver con la tradicionalmente entendida como “locura”.

¿Cuál es el papel del psicólogo?

El psicólogo cumple una función de guía/orientador que se encarga de analizar, a título individual, los estilos de cognición, reacciones emocionales y patrones de conducta de la persona que tiene delante, pero, también, de evaluar los factores de su contexto inmediato (social, económico, familiar…) que son una influencia en su vida como elementos de protección o vulnerabilidad.

De este análisis se extraen unos recursos que la persona ha puesto en práctica hasta la fecha (puede que sin demasiado éxito) y que no le han facilitado la adaptación a su entorno, razón por la que se exploran otras herramientas que el paciente pueda haber adquirido previamente y no estar utilizando (siempre es más sencillo trabajar con lo que ya se conoce), y también se facilitan estrategias nuevas para todo aquello que hasta el momento no se ha podido/sabido/querido afrontar.

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Proceso de terapia

¿Por qué el psicólogo puede “caer mal” al entorno?

En principio, por razones obvias: una mala praxis, empleo de recursos pseudocientíficos para abordar problemas emocionales y de conducta de mayor o menor severidad, búsqueda de culpabilización de la persona que acude a terapia o “señalamiento” directo a personas externas que no han sido evaluadas… Entre otras muchas posibilidades.

En todos estos casos, la actuación del psicólogo parte de una base cuestionable y, por ello, nos puede chirriar desde fuera la forma de trabajo y el modelo de construcción de cambio que se está intentando establecer.

Sin embargo, puede que todo lo anterior no esté presente: se haga un trabajo desde un marco teórico científico, se aborden las dificultades descritas con herramientas validadas tras años de investigación, se hable del entorno desde una perspectiva de comprensión y recogimiento de la información… Y, aun así, el psicólogo (o, más bien, su trabajo, ya que el profesional es una mera personalización de una función) no sea del agrado de los demás. “Tu psicólogo me cae mal”, “No me gusta lo que estás trabajando”, “No quiero que hables de mí en terapia”… ¿Por qué?

¿Quién acude a terapia?

Generalmente, las personas que acuden a terapia identifican que tienen alguna dificultad, obstáculo, impedimento en su vida cotidiana que les impide funcionar con “normalidad” (ya sabemos que este término da para debate). Esto facilita mucho el trabajo del profesional, dado que ya ha habido un pre-análisis del paciente que permite analizar con mayor apertura las bases de la situación actual.

No obstante, algunas personas que acuden a terapia lo hacen bajo la presión de otros miembros de su entorno: habitualmente, pareja y/o familia. “Tienes que hablar de tu pasado”, “No puede ser que te tomes las cosas que te digo tan a pecho”, “Eres el problema de esta casa”… Entre otras muchas variantes de mensajes que describen los pacientes que se sientan entendiendo que puede existir un problema en aspectos de su funcionamiento, sí, pero con el factor sumado de haber acabado por creer que son “únicos responsables de las dificultades sociales que pueden experimentar.

Si recordamos la función del psicólogo mencionada más arriba, evidentemente la exploración que se da en el proceso de anamnesis nos va a llevar a comprender dinámicas de interacción y comunicación que aparecen entre los pacientes y su entorno y, previsiblemente, a introducir cambios en ellas que conlleven un cierto establecimiento de límites, búsqueda de respeto, comunicación asertiva, bases de reparto del poder…

Y este cambio, frecuentemente, no es agradable para el entorno, pero puede ser absolutamente necesario para la persona que se sienta en el sillón.

Conviene aclarar aquí que no suele haber una mala intención detrás de las dinámicas familiares y relacionales, sino simplemente un arraigo fuerte que dificulta el cambio (¿Es fácil “soltar” el poder?)

Por norma general, la expectativa del contexto socio-familiar cuando es el otro el que comienza su terapia, es que termine en una posición mucho más dócil, cuando generalmente ocurre todo lo contrario: aprende a poner límites, a manejar el conflicto desde el respeto pero siendo capaz de comunicar sus necesidades, continúa preocupándose por los demás y también se tiene en cuenta a sí mismo/a…

En conclusión, el paciente transita por un camino difícil cuando inicia un proceso de terapia, pero suele terminar en un lugar que le proporciona una cierta estabilidad emocional que le era necesaria.

Cualquier cambio en el sistema afectará al resto de los integrantes, por lo que lógicamente la familia y/o pareja reaccionarán a las modificaciones que establezca la persona que acude a consulta, aunque quizá como contexto inmediato la primera pregunta que nos debemos hacer ante dichos cambios es: ¿Por qué me está afectando tanto a mí?

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