Aprender a valorar las pequeñas cosas

¿Por qué me cuesta valorar las cosas que me ocurren?

A menudo, los psicólogos nos encontramos en nuestra consulta con una queja frecuente que no necesariamente va asociada a ningún tipo de trastorno del estado de ánimo, sino que tiene que ver con una percepción y una sensación de “insatisfacción” general que la persona manifiesta con respecto a las circunstancias de su vida (y, de la mano, de sí misma).

Estas personas, en su mente racional, informan que son capaces de observar que su situación es bastante buena en líneas globales, pero expresan que se sienten poco capaces de apreciar esta realidad en cuanto al terreno emocional.

Esto nos lleva a una encrucijada muy interesante dado que, si no existe ningún tipo de distorsión cognitiva y la persona comprende que su vida es “bastante buena”, ¿por qué aparece la insatisfacción?

Cómo nuestra mente nos “engaña”

Nuestro cerebro procesa información cada segundo, de forma totalmente inconsciente para nosotros en la gran mayoría de ocasiones.

Para poder clasificar el ingente volumen de datos que manejamos, empleamos toda una serie de esquemas cognitivos, claves semánticas y también algo que en psicología conocemos como “heurísticos”, o más fácilmente calificables como “atajos mentales”.

Se considera que la capacidad para elaborar estos atajos mentales es algo bastante único y distinguible en la especie humana, razón por la que podemos resolver muy diversos problemas trabajando y desarrollando nuestra creatividad o el pensamiento divergente.Un pequeño corazón

Y, aunque nuestro cerebro es un órgano extremadamente complejo, existe una tendencia natural a facilitar la forma en que procesamos la información ahorrando energía cognitiva mediante estos atajos.

¿Qué tiene que ver con la “insatisfacción”?

En realidad, cuando sentimos tal nivel de insatisfacción es erróneo pensar que creemos que nuestra vida es “bastante buena”, sino todo lo contrario: esta insatisfacción llega porque hemos procesado (normalmente, de forma automática) que nuestra situación no es lo bastante buena y podríamos estar mejor de lo que estamos.

Éste es el fondo que se esconde tras la figura de la insatisfacción.

Es decir, que en lugar de pararnos a recorrer el camino que nos permite analizar detenidamente cuál es nuestro estado real, normalmente nuestra mente nos “ahorra” tiempo y energía cognitiva haciendo un balance rápido de cómo nos encontramos.

Claro está, decimos “ahorra” porque es la pretensión primera de nuestro propio cerebro, aunque lo que se consigue posteriormente es un gasto energético aún mayor cuando empezamos a reflexionar sobre por qué nos sentimos como lo hacemos o si verdaderamente “tenemos derecho” a experimentar tal insatisfacción.

Ya en este punto, la retroalimentación entre cognición y emoción ha formado una rueda perfecta, pues nuestro estado de ánimo se apoya en cómo pensamos, y cómo pensamos también se ve influido por cómo nos sentimos.

Y, ¿Cómo podemos llegar a valorar las cosas que nos ocurren?

El primer paso para trabajar con alguien que expresa un alto grado de insatisfacción, es preguntar abierta y exhaustivamente sobre los diferentes ámbitos de su vida: personal, relacional, laboral… Y atender a los detalles en los que la persona pone énfasis tanto para señalar aquellos aspectos más negativos, como los que “a priori”, no ha contemplado como tales.

El segundo paso es llegar a un acuerdo con el paciente sobre aquellos temas que preferiría trabajar en primer lugar, ya que tomar decisiones conscientemente también es un hecho que repercute positivamente en la percepción de una situación y de uno mismo.

En tercer lugar, buscar estrategias prácticas adaptadas a las necesidades y a la personalidad del paciente que tenemos delante.

Una de ellas, especialmente útil, puede ser la recomendación de la práctica diaria (aunque sea de forma breve) de mindfulness, con el objetivo de aumentar la focalización de la atención y que la persona se permita romper con el “piloto automático” con que solemos funcionar.Una familia feliz

Ésta es una herramienta que, progresivamente, lleva a que la persona pueda apreciar pequeños detalles de su cotidianeidad que hasta la fecha estaba pasando por alto por el mero hecho de no dedicarles ningún tipo de atención dirigida.

Además del mindfulness, la psicología positiva como corriente terapéutica potenciadora de las fortalezas y recursos de la persona, puede ayudar a reforzar la atención que la persona ponga sobre sí misma y sus logros.

Por ejemplo, rescatar al final del día (cada día) un acontecimiento positivo que haya sucedido nos ayuda a modificar nuestros circuitos cerebrales y facilita un reprocesamiento de la información pasando de un sesgo más negativo a uno mucho más positivo.

En esta línea, el psicólogo trabaja con el paciente para ayudarle a reestructurar sus creencias sesgadas, partiendo de la aceptación de que éstas existen y dándoles su correspondiente espacio para poder ser atendidas y acompañadas.